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‘Hospital de las emociones’: minificción de terror

Una historia donde puedes quedar atrapado en la oscuridad para siempre

Por Fernando B. Salgado

La tarde es lúgubre, llena de un calor asfixiante y sobre todo en el andén, ahí, donde Pablo espera impaciente (los trenes, como siempre, se demoran de forma constante). Camina unos pasos a la derecha, otros a la izquierda, de nuevo repite la acción dos, tres veces… “Hospital de las emociones” logra leer en un colorido poster que se encuentra pegado entre muchos otros sobre un tablero en la pared. Nota que desde hace tiempo ha estado desarrollando tics, intenta distraer su mente y a veces no lo consigue: alcohol, tabaco… no son opciones.

— ¿Por qué no? —se dice mientras esboza una sonrisa sin ningún pensamiento consecuente.

Mira la dirección y cambia de andén para tomar el convoy hacia la estación más cercana al centro de la ciudad. Intenta no pensar o enfocarse; podría decirse que sus días transcurren entre largos impulsos que le ayuden a mantener la mente ocupada o vacía. Quizás este sea uno de ellos: el viaje a un “Hospital de las emociones”, incluso cuando no puede estar seguro si hallara tan peculiar nosocomio, o bien, si entrara una vez encuentre su destino, no obstante, igual consigue pasar las horas.

Por fin abandona el Sistema de Transporte Colectivo y de forma automática empieza a caminar según cree es la dirección correcta, avanzando rápido entre la multitud, jugueteando con los dedos dentro de los bolsillos del pantalón. Abstraído en esa indescriptible inercia de un paseo mecánico, escucha a lo lejos, en un local del centro, What a Wonderful World de Louis Armstrong cuando se da cuenta que ha dado con el hospital de frente. Justo allí, sin notarlo, mientras tararea, dos cristales perfectamente limpios de una puerta automática se abren de par en par: le conceden permiso para cruzar el umbral; ya en los primeros pasos al interior del edificio se siente aturdido por la iluminación tan clara, el aire acondicionado refrescante, y de frente una recepcionista rubia, sonriendo sin un pelo fuera de lugar.

Lo estábamos esperando —dice la recepcionista con calidez—, pase por aquí.

  • ¿Me esperaban? —contesta Pablo risueño e incrédulo a la vez—, bueno solo pasaba a preguntar…

—Y todas sus dudas serán respondidas una vez se registre para sacar cita —allí estaba de nuevo esa sonrisa…

—Está bien —Pablo piensa que igual podría faltar a la escuela, después de todo, solo se presentó para matar tiempo en un impulso necesario—. ¿Qué se necesita?

Una tabla con muchas hojas y pluma es todo el material que le entregan a Pablo, luego le dirigen a hacia una sala de espera: los elementos armonizan a la perfección (el sofá, la luz, los colores…) creando la máxima comodidad posible; por un momento le dan ganas de quedarse a vivir allí, además la recepcionista es muy guapa. Se sienta y sobre las piernas comienza a llenar formatos y contestar las preguntas que vienen en estos. “Un montón de simples test psicológicos”, piensa y sonríe.

—Me alegra que hayas terminado —dice la guapa recepcionista sorprendiéndolo al usar un tono más informal— yo registraré tus datos y en la siguientes horas te comunicaré por mensaje el día y hora de tu cita. ¿Está bien? —Ahora le habla de “tu” y su sonrisa le hace sentir confort a Pablo.

—Sí, está bien —sin darse cuenta ha terminado de responder todas las hojas y ahora extiende la mano para entregarlas devuelta— entonces… hasta luego.

—Espero verte pronto –declara la deslumbrante mujer mientras guiña un ojo de forma linda, casi coqueta —.

—Permiso —se siente sonrojado, pero bien, sorprendentemente bien—, buenas tardes.

Da media vuelta y cruza de nuevo el umbral, sale a la ciudad en medio de la oscuridad. ¿Cuánto tiempo ha estado adentro? Le parecieron unos minutos apenas, máximo una hora, y sin embargo ya se extienden la noche; los faroles iluminan su caminar al metro. Tiene una sensación de relajación y aturdimiento que no puede explicar, de hecho, nota que un cambio peculiar: desde que cruzó aquella entrada automática se sintió diferente… claro, la atractiva recepcionista rubia de sonrisa encantadora ayudaba mucho.

— ¿Cuál será su nombre? —se da una palmada en la frente—, olvide preguntárselo. Será cuando vuelva. Sube al tren y regresa a casa.

Pablo despierta por la mañana más relajado, durmió como no dormía en mucho tiempo, tanto que no puede recordar la última vez. Se baña y arregla con gusto. Durante el transcurso de ese día y los que siguen se presenta un evento curioso: las personas comentan que lo notan diferente, y él mismo se percibe de otra forma, aunque no es un cambio drástico o definitivo; de hecho, solo fue al principio, hace días que no siente malestar en su mente, los tics de ansiedad han desaparecido y cuida más de su imagen personal, pero este “cambio” se degenera de manera paulatina y así regresa a su estado anterior.

Siete días más tarde, ya de regreso a casa y sobre el mismo andén, Pablo se encuentra ansioso, jugando con una pelota de esponja que guarda al interior de la chamarra; sofocado por el calor, desenrolla la corbata que lleva como símbolo de “tregua” consigo mismo. Pero ahora regresa a su batalla diaria, se frustra, resopla, mete aire a los pulmones todo lo que puede hasta expandir su tórax por completo y suspira. Si alguien escuchara aquél suspiro encontraría su piel erizada por el desconcierto y la desolación que trasmite.

El tren se acerca mientras Pablo comienza a pasear por el andén; tres pasos a la derecha, tres a la izquierda, tres derecha, cuatro izquierda, dos derecha… hasta que tiene el tren frenando junto a él. Justo en ese momento se detiene pero no aborda, su teléfono vibra: “Buenas tardes Pablo, ya tengo tu cita programada. ¿Podrías visitarnos justo ahora? Atte: Rosse”.

Está bien, puede que la chica deseara coquetear, sin embargo, Pablo esperaba al menos un mensaje más formal. De igual forma se siente mejor con aquél mensaje; no sabe porque y eso captura su interés… duda un momento leyendo las mismas palabras mientras muerde la uña del pulgar libre.  

Se decide, guarda rápido el celular y cambia de andén, no tiene problema: una semana atrás, asistió a la misma hora, no tiene actividades por atender, y algo dentro de él quiere verla de nuevo. Camina con su habitual inercia, concentrado en no pensar, jugueteando con los dedos de la mano hasta la entrada de los cristales automáticos. Detrás se encuentra la hermosa chica rubia de sonrisa encantadora sin un solo cabello desalineado.

—Buenas tardes, Pablo —esta vez la sonrisa es más cálida que antes—, por aquí.

Esta vez la chica rubia no se encuentra detrás del mostrador y apenas encuentra tiempo para contestar el saludo de cortesía cuando ella lo toma de la mano y lo encamina a un largo pasillo blanco con el techo y el piso cubiertos de azulejos azul cielo. Lo encamina frente a una puerta blanca y lo hace entrar junto con ella, su tacto se percibe como los rayos del sol por la mañana y tan suave como los pétalos de una flor.

Todas estas sensaciones lo distraen hasta ver que está sentado frente a un hombre entrado en edad: su piel es ceniza y el cabello gris como el cemento. Viste una bata blanca y una corbata negra. Entre ambos solo hay un escritorio común y corriente, toda la pared es un cristal.

—Gracias Rosse —menciona el anciano de bata blanca— puedes dejarnos.

—No hay de qué —suena la voz encantadora a las espaldas de Pablo—, con permiso.

—Gracias —dice pablo apenas volteando para ver la puerta cerrarse—.

—Encantadora, ¿cierto? Soy el doctor Altman.

—Buenas tardes. ¿Es una cámara de Gesell? —comenta apuntando con la cabeza a la pared cristal.

—Así es, veo que ya la conoce. Y como sabrá, somos un hospital de las emociones.

—Sí, sobre eso, ni siquiera hemos acordado el método de pago y no creo que lo cubra mi seguro.

—No debe preocuparse por ello, solo cobramos si el tratamiento funciona.

— ¡Vaya! Deben ser muy buenos. La verdad, esta semana me sentí bien, aún así, creo que serían una buena opción.

—Creo que no me ha dejado explicarme. Hemos fallado —dice el doctor mientras apoya los antebrazos en el escritorio, mostrando un control remoto—. Por eso está aquí, ahora mismo.

—No comprendo —señala Pablo con un gesto que demuestra total confusión-. Pero… apenas me registre hace una semana exactamente.

—Para ser precisos, hace siete días y a esta misma hora, usted fue internado de urgencia en nuestro hospital de las emociones —declara el siniestro doctor—; aquí, joven Pablo, atendemos emociones. No atendemos personas.

—No. —Apenas si Pablo puede hablar mientras sus facciones se contraen por el horror. — No comprendo, esto no… no puede… ¿Cómo?

El gran cristal que es la pared derecha se enciende como un televisor, dejando ver en aquella gran pantalla al mismo Pablo en video. Un Pablo adormecido, solo vestido con una bata de un azul más fuerte que los azulejos del pasillo. Lo transportan en camillas, sillas de ruedas, otras veces solo esta acostado, parece dormido.

—A veces las personas dañan mucho sus emociones, tanto que son irreparables, otras veces quedan frágiles, o alimentan más a una mientras otra desfallece y si esta es su contraparte comenzará a desplazarla, la comprimirá hasta reducirle a puré. Por fortuna para sus emociones, se pueden salvar, sin embargo, hemos decidido en esta semana que usted es una persona dañina para las emociones. Así que le haremos una resección total de emociones.

El doctor Altman oprime de nuevo el control remoto y la pantalla vuelve a reflejar aquella habitación, solo que esta vez en la pantalla Pablo no se encuentra vestido para la escuela tal como salió esta mañana de casa. Mira sus pies y sus brazos, bajando la cabeza y tocando su ropa. Aquí sí tiene ropa, pero en el reflejo viste aquella bata azul, y en vez de parecer que se hubiera estado arreglando toda la semana, parece todo lo contrario: barba crecida, cabello despeinado, pálido, uñas sin cortar.

— ¡No! —Exclama acercándose a la pantalla.— ¿Qué clase de broma es esta? Los voy a demandar.

—No es ninguna broma. Usted debería ser el demandado por maltratar y agredir así sus emociones —entonces el doctor oprime otro botón del control remoto-. Lamentable.

Pablo observa en el reflejo cómo entran por la puerta dos hombres fornidos, vestidos con bata quirúrgica, enguantados, con cubrebocas y gorro. Pablo se espanta y retrocede, pero cuando voltea a ver su propia habitación la puerta está cerrada y nadie ha entrado por ella, solo en aquel gran monitor es donde toman por la fuerza al otro Pablo, decrepito y debilitado, forzado a sentarse en una silla de ruedas con correas inmovilizadoras: le inyectan una substancia y ese Pablo acaba de poner resistencia. El Pablo de bata azul es extraído por la puerta mientras el Pablo bien vestido golpea el cristal de la pared pantalla y grita, lanza maldiciones contra la escena, contra el doctor, contra él mismo. Corre aterrado hacia la puerta, pero esta no abre; tira, empuja, forcejea, y sin embargo no consigue que esta ceda ni un poco.

—Tome asiento por favor —comenta con voz fría el doctor mientras oprime otro botón—, justo por esa actitud es que estamos en esta situación.

La silla donde se sentaba Pablo gira y se mueve rápido hacia la puerta y al final le golpea detrás de las rodillas; el “paciente” cae sentado, mientras unas correas salen desde los laterales y se aferran inmediatamente a sus muñecas; entonces la silla gira de nuevo y regresa al escritorio.

— ¿¡Que hace!? —Aúlla Pablo, aterrorizado. — ¡Déjenme ir!

En la pantalla se proyecta ahora a Pablo recorriendo los pasillos en la silla de ruedas donde lo acaban de poner, escoltado por los dos fornidos que lo sometieron. Recorren un pasillo, un elevador, otro pasillo… en este pasaje criaturas dismórficas se miraban tras cristales con la leyenda “Unidad de Cuidados Intensivos”. Algunas de estas figuras eran verdes, otras rojas o negras; unas despedían humo y otras lucían delgadas y parecían más enfermas que las grandes y grumosas.

—Nosotros tratamos emociones, señor Pablo.

En el monitor se observaba a sí mismo puesto en una mesa de cirugía, donde sujetos fornidos comenzaban a introducir agujas en su cabeza, abrían el pecho y el abdomen con bisturí y luego entubaban su garganta.

—¡NO! ¡NO! ¡NO! —Gritaba el Pablo atado a la silla.— ¡No lo hagan! ¡Malditos!

— ¿Sabe cuál es la secuela de una resección total de emociones a una persona? Un militar, una persona común, un niño malformado… pueden usar prótesis cuando pierden una extremidad, y pueden intentar llevar una vida normal, algunos claro… la mayor parte de los sujetos con penectomías, por ejemplo, se terminan suicidando. Pero, ¿ha visto personas amputadas de emociones? ¿Cree que haya prótesis para las emociones?

El caos se apodera de la mente y cuerpo de Pablo, su cara enrojece y se queda afónico de tanto gritar mientras observa cómo las agujas y los electrodos conectados a  varios tubos comienzan a succionar sustancias de colores que se conectan a contenedores gigantes de cristal, donde son vertidos, y conforme succionan aquellas sustancias del cuerpo, van apareciendo esas criaturas parecidas a las que observó por el largo pasillo de “Cuidados Intensivos”.

— ¿En qué estado queda una persona sin emociones? ¿Seguirá viviendo? —Menciona el doctor Altman con su voz fría, mientras las últimas gotas son extraídas de aquél Pablo detrás del monitor, y a este, el bien vestido, se le va volviendo todo oscuro, apenas si escucha las últimas palabras del médico. La pantalla se oscurece… y su alrededor también.

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